La malnutrición escolar deja de ser solo un reto
social para convertirse en un problema de eficiencia logística y pérdida de
capital humano
Salud en Casa.- El retorno a las aulas en el Perú expone una de las vulnerabilidades más críticas para la competitividad del país a largo plazo: el riesgo de deterioro del capital cognitivo debido a la malnutrición. La deficiencia de nutrientes en la etapa escolar no solo compromete la salud inmediata, sino que crea barreras para la productividad nacional, generando adultos con menores capacidades de retención, funciones ejecutivas limitadas y una marcada dificultad para el procesamiento de información compleja.
Según la Encuesta Demográfica y de Salud
Familiar del INEI, la anemia
infantil en menores de tres años escaló al 35.3%, mientras que la desnutrición
crónica alcanzó al 12.1% de la población infantil. En términos de mercado, esto
representa una pérdida de eficiencia en la inversión educativa, ya que el
sistema escolar opera sobre una base biológica debilitada que impactará
directamente en la calidad de la futura fuerza laboral.
Por ello, frente a un mercado que desperdicia
anualmente cerca de 12.8 millones de toneladas de alimentos, el modelo de
rescate de alimentos se consolida como una estrategia de economía circular
indispensable. El rescate profesional de excedentes de la industria —productos
que conservan su valor biológico, pero pierden vigencia comercial— permite
fortalecer la red de soporte escolar, no solo a través de la entrega de
alimentos, sino mediante un acompañamiento orientado a mejorar su
aprovechamiento.
A ello se suma la transferencia de capacidades
técnicas a los gestores de programas sociales, un componente clave para
promover una adecuada manipulación y favorecer mejores prácticas de ingesta
nutricional.
En este ecosistema de gestión, la intervención
de actores técnicos como el Banco de Alimentos Perú resulta
fundamental para garantizar que el puente entre la industria, la agroindustria y las
poblaciones en situación de vulnerabilidad sea seguro, rastreable y sostenible.
Al articular la logística de recuperación con programas de educación
alimentaria, se contribuye a que el inicio de clases cuente con un respaldo
nutricional que proteja el potencial intelectual de las futuras generaciones,
garantizando que el sistema educativo opere sobre una base biológica sólida.
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