viernes, 6 de marzo de 2026


Salud e
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 Casa.- En el marco del Día Internacional de la Mujer, es importante destacar la importancia de visibilizar una alteración oftalmológica que presenta mayor incidencia en la población femenina: la sequedad ocular, también conocida como síndrome de ojo seco.


Se trata de una alteración de la superficie ocular que ocurre cuando la película lagrimal, responsable de proteger, nutrir y mantener lubricado el ojo, pierde estabilidad. Esta situación puede originarse por una disminución en la producción de lágrimas o por cambios en su composición, lo que provoca inflamación y molestias persistentes.


La doctora Claudia Arrascue, especialista de Oftálmica Clínica de la Visión, explica que la mayor frecuencia en mujeres responde principalmente a factores hormonales y sistémicos.


“Las hormonas cumplen un rol clave en el funcionamiento de las glándulas lagrimales y de las glándulas de Meibomio, que son las encargadas de producir la capa grasa de la lágrima. Las variaciones hormonales durante el embarazo, la lactancia o la menopausia pueden alterar su funcionamiento, afectando la calidad y cantidad de la lágrima e incrementando el riesgo de desarrollar sequedad ocular”.



¿Por qué afecta más a las mujeres?


El impacto no es casual. Existen factores biológicos y sociales que aumentan el riesgo:



  • Cambios hormonales: La disminución de estrógenos y andrógenos impacta en la estabilidad de la película lagrimal.
  • Tratamientos farmacológicos: Antidepresivos, ansiolíticos y anticonceptivos hormonales pueden reducir la secreción lagrimal.
  • Enfermedades autoinmunes: Patologías como artritis reumatoide y lupus, más frecuentes en mujeres, pueden comprometer las glándulas responsables de la lubricación ocular.
  • Exposición prolongada a pantallas: El uso continuo de dispositivos digitales disminuye la frecuencia de parpadeo y agrava la sintomatología.
  • Hábitos cosméticos: Cuando no se realiza una adecuada higiene ocular.

Manifestaciones clínicas


Entre los síntomas más habituales se encuentran ardor, sensación de cuerpo extraño, enrojecimiento, visión borrosa fluctuante, fatiga visual y mayor sensibilidad a la luz. En etapas más avanzadas puede presentarse inflamación crónica de la superficie ocular.


La especialista advierte que muchas pacientes tienden a normalizar estas molestias o recurrir a gotas sin prescripción médica, lo que retrasa un diagnóstico adecuado.



Atención oportuna y tratamiento

El diagnóstico requiere una valoración oftalmológica integral que permita analizar la cantidad, calidad y estabilidad de la lágrima, así como el estado de la superficie ocular.


El tratamiento dependerá del grado de severidad. En casos leves, se recomiendan lubricantes oculares sin preservantes; en cuadros moderados o severos, pueden indicarse antiinflamatorios tópicos, terapias dirigidas a mejorar la función de las glándulas de Meibomio o procedimientos especializados. “Un manejo oportuno permite controlar la inflamación, aliviar los síntomas y evitar complicaciones a largo plazo”, concluye la Dra. Arrascue.


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