Salud en Casa.- Aunque la pobreza monetaria se redujo en 2025, más de 8.8 millones de peruanos siguen viviendo en pobreza. Además, varias de las regiones más afectadas por esta condición también registran altos niveles de anemia y desnutrición crónica infantil, lo que evidencia que la pobreza no solo limita los ingresos de las familias, sino también su capacidad de acceder a una alimentación suficiente, nutritiva, inocua y culturalmente adecuada.
Según
el último informe del Instituto Nacional de Estadística e Informática - INEI,
la pobreza monetaria en el Perú bajó de 27.6%
a 25.7% en 2025. Sin embargo, esta reducción no debe leerse con
triunfalismo: la pobreza aún alcanza a 8
millones 828 mil personas. Además, la pobreza extrema afecta al
4.7% de la población,
equivalente a 1 millón 614
mil peruanos que no logran cubrir ni siquiera el costo de una
canasta básica de alimentos.
El
dato cobra mayor gravedad cuando se cruza con los indicadores nutricionales. De
acuerdo con la ENDES 2024, varios de los departamentos con mayores niveles de
pobreza monetaria también presentan prevalencias críticas de anemia en niñas y
niños de 6 a 35 meses, así como desnutrición crónica en menores de 5 años.
“Los
departamentos con mayor incidencia de pobreza monetaria en 2025 son Cajamarca, con 41%; Loreto, con 40.1%;
Puno, con 37.5%; Pasco, con 36.4%; y Huánuco, con 35.7%. Al
cruzar estos datos con los indicadores nutricionales, observamos una situación
altamente preocupante: en esos mismos territorios, la anemia en niñas y niños
de 6 a 35 meses alcanza niveles críticos. Puno registra 76%, Loreto 62%, Pasco 54.4%, Huánuco 44.9% y
Cajamarca 38.4%, según la ENDES 2024. Esto evidencia que la
pobreza monetaria no solo reduce la capacidad de compra de los hogares, sino
que también condiciona la calidad de la dieta, el acceso a alimentos ricos en
hierro y otros micronutrientes, y las condiciones básicas para prevenir la
malnutrición infantil”, indicó Jessica Huamán, coordinadora de la Plataforma
por la Seguridad Alimentaria y Nutricional del Perú.
Estas
cifras confirman que la pobreza no es solo una medición económica. Cuando una
familia no cuenta con ingresos suficientes, se reduce su capacidad de acceder a
alimentos variados, frescos y nutritivos. En la práctica, esto puede significar
menor consumo de alimentos de origen animal, menestras, frutas y verduras;
menor diversidad alimentaria; y mayor dependencia de alimentos baratos, densos
en energía, pero pobres en micronutrientes.
“La
desnutrición crónica infantil también golpea con fuerza a varias de estas
regiones: Cajamarca
registra 20.4%, Loreto 19.5%, Huánuco 16.5%, Pasco 14.1% y Puno 11.5%.
Estas cifras muestran que la pobreza se expresa también en el cuerpo de las
niñas y los niños: en retraso del crecimiento, menor desarrollo cognitivo,
mayor riesgo de enfermedad y pérdida de oportunidades futuras. Cabe resaltar
que la desnutrición crónica no responde a una sola causa; está vinculada a
dietas insuficientes en cantidad y calidad, bajo consumo de proteínas de alto
valor biológico, infecciones recurrentes, acceso limitado a agua segura,
saneamiento deficiente y servicios de salud que no siempre llegan de manera
oportuna”, comentó Huamán.
A
nivel territorial, la pobreza sigue golpeando con mayor fuerza a la Sierra, donde alcanza el
28.6%,
seguida de la Selva, con
27.3%, y la Costa,
con 23.7%. Aunque la pobreza bajó en las tres regiones
naturales frente al año anterior, la desigualdad territorial continúa marcando
las oportunidades de millones de personas.
“La
pobreza no solo limita el ingreso de los hogares; también condiciona qué
alimentos se compran, cómo se preparan y con qué frecuencia se consumen. Cuando
una familia reduce el acceso a alimentos ricos en hierro, proteínas de calidad,
frutas y verduras, aumenta el riesgo de anemia, desnutrición y otras formas de
malnutrición. Por eso, la alimentación debe estar en el centro de las
decisiones públicas: no como asistencia temporal, sino como una condición
básica para la salud, el desarrollo infantil y la igualdad de oportunidades”,
enfatizó la especialista.
Combatir
la pobreza requiere empleo digno, programas alimentarios fortalecidos, compras
públicas articuladas a la agricultura familiar, servicios de salud con enfoque
preventivo, suplementación oportuna, educación alimentaria, agua segura y
saneamiento básico. La anemia y la desnutrición crónica no se resuelven solo
desde el sector salud: requieren decisiones políticas sostenidas, presupuesto
público suficiente y una estrategia nacional que entienda que la alimentación
es la base del desarrollo humano.



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