El próximo gobierno tiene la
oportunidad de convertir dos recursos estratégicos en los pilares de una nueva
etapa de industrialización, desarrollo científico y soberanía tecnológica.
Por Rolando Paucar Jáuregui.
Físico nuclear, investigador,
expresidente del Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN) y autor de Plan
Nuclear para el Perú y Litio: oportunidad estratégica para la industrialización
del Perú.
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Salud en Casa .- Hace algunos años, mientras recorría los laboratorios del Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN), me hice una pregunta que hasta hoy sigue acompañándome: ¿por qué un país que ha demostrado ser capaz de desarrollar tecnología nuclear continúa pensando que su mayor riqueza es únicamente la que extrae de sus minas?
Esa pregunta no nació en una
oficina. Nació conversando con jóvenes investigadores que soñaban con
desarrollar radiofármacos para combatir el cáncer, con ingenieros que
imaginaban nuevas aplicaciones industriales y con profesionales convencidos de
que el Perú podía hacer mucho más que exportar materias primas.
Con el tiempo comprendí que el
problema no era la falta de recursos. Era la falta de una ley que los sostenga.
Un cambio de narrativa que
vale la pena observar
Durante décadas, el Perú habló
de minería casi exclusivamente como extracción y exportación. En pocas semanas,
Lima será sede del Foro Internacional sobre Litio y Uranio, y en su
convocatoria aparece otro vocabulario: minerales estratégicos, liderazgo energético,
innovación tecnológica, ciudades inteligentes, transición energética. Es un
salto conceptual real. El Estado empieza, al menos en el papel, a hablar el
lenguaje geopolítico de los minerales críticos.
No creo que lo más importante
sea el evento en sí. Lo importante es que, por primera vez en mucho tiempo, el
país empieza a discutir estos recursos como algo más que minerales.
El uranio vuelve al debate
público
De los dos, el uranio es
probablemente el más relevante de discutir ahora. El Perú siempre tuvo
potencial uranífero, pero el tema quedó congelado políticamente por miedo
social, desconocimiento técnico, ausencia de una estrategia nuclear nacional y
un debate capturado por posiciones ideológicas antes que técnicas.
Que hoy reaparezca vinculado a
energía limpia, seguridad energética, tecnología avanzada e industrialización
—y no a la vieja retórica del arma nuclear— es un cambio de fondo.
El litio solo no basta
Podemos descubrir el mayor
yacimiento de litio de Sudamérica y seguir siendo un país exportador de materia
prima si no formamos químicos, ingenieros, físicos y especialistas en ciencia
de materiales capaces de crear nuevas industrias. Podemos encontrar reservas
importantes de uranio y, aun así, depender de otros países para fabricar
combustible nuclear, producir radioisótopos o desarrollar tecnología médica.
Tener el recurso no es
industrializar. Tener reservas no es tener tecnología. Tener soberanía sobre el
mineral no es tener una cadena de valor.
La pregunta clave nunca fue
“¿tenemos litio?”. Es “¿qué industria construiremos alrededor del litio y el
uranio?”. Ahí entra lo que he llamado la Economía de Neutrones: así como el
litio mueve la economía de los electrones —baterías, electromovilidad, almacenamiento—,
el uranio mueve la economía de los neutrones: medicina nuclear, radioisótopos,
agricultura de precisión, nuevos materiales, generación limpia. Algunos creen
que esto es únicamente energía nuclear. No lo es. Es una manera de entender que
la ciencia puede convertirse en política de desarrollo.
El RP-10 y el IPEN: una
plataforma, no solo un combustible.
El uranio no debe venderse
solo como combustible. Debe venderse como plataforma de industrialización
científica. Un reactor de investigación como el RP-10 puede producir
radioisótopos médicos, permitir dopado neutrónico de silicio, irradiación
industrial, trazabilidad isotópica para agroexportación e hidrología isotópica
para seguridad alimentaria e hídrica.
El litio y el uranio tienen
algo en común: obligan a pensar en el largo plazo, a formar capital humano, a
invertir en universidades y laboratorios. Obligan, en definitiva, a creer que
el Perú puede aspirar a algo más que vender minerales.
El problema que el próximo
gobierno no puede seguir postergando.
Aquí está la parte que exige
la misma honestidad que le pido al Estado. No basta con declarar que el litio y
el uranio son recursos estratégicos. No basta con organizar foros.
El nuevo gobierno ha
planteado, con razón, que la inversión privada no busca favores sino reglas
estables y predecibles. Ese principio es exactamente lo que falta hoy en litio
y uranio. El Decreto Supremo que los declaró “críticos y estratégicos” es, hasta
ahora, una etiqueta sin respaldo jurídico operativo: no da al inversionista la
certeza que promete un shock desregulatorio si, al mismo tiempo, el sector más
prometedor del país sigue funcionando sobre una base normativa débil. El propio
sector ya reconoce la necesidad de una ley técnica específica, que todavía no
existe.
Ya hemos demostrado que en el
Perú sí se puede recorrer ese camino. Cuando desde el IPEN impulsamos lo que
hoy es la Ley 23560, no partimos de un decreto que nombraba buenas intenciones,
sino que construimos un marco institucional con reglas claras y permanentes
para la actividad nuclear del país. Una ley, a diferencia de un reglamento
sujeto al ministro de turno, es justamente lo que da la predictibilidad de
largo plazo que hoy exige atraer capital serio para litio y uranio.
Lo que el próximo ministro
tiene que decidir
Un cambio de gobierno es,
también, una oportunidad. Estas son las decisiones que no deberían esperar el
próximo foro para resolverse, y que pueden encajar de forma natural en la
agenda de simplificación y predictibilidad que el nuevo gobierno ya ha anunciado:
• ¿Ley o
reglamento? Si la apuesta es por reglas estables y señales confiables a los
inversionistas —como el propio gobierno propone para otros sectores—, el camino
más consistente es una ley del Congreso, no un reglamento sujeto a cada
gestión.
• ¿Qué
incentivos, y con qué límites? Incentivos tributarios focalizados, temporales y
evaluables periódicamente, no beneficios permanentes ni acumulativos, en línea
con el criterio de responsabilidad fiscal que ya guía la propuesta económica
del gobierno entrante.
• ¿Cómo se
simplifica sin desproteger? El mismo espíritu de la ventanilla única y la
reducción de trámites puede aplicarse a litio y uranio: menos burocracia para
el inversionista serio, más trazabilidad y control para evitar que la etiqueta
de “estratégico” quede en el papel.
• ¿Cómo se
atrae inversión con valor agregado? El objetivo no es solo destrabar proyectos
más rápido, sino atraer capital dispuesto a instalar procesamiento, manufactura
y tecnología en territorio peruano, no solo a exportar concentrado.
• ¿Qué pasa
con el capital humano? Ninguna ley ni ningún foro sustituye la formación de
ingenieros nucleares, químicos especializados y científicos de materiales. Esa
es una decisión presupuestal que se toma o se posterga, no se declara.
Lo verdaderamente estratégico
La riqueza del siglo XXI no se
medirá únicamente por lo que extraigamos del subsuelo. Se medirá por nuestra
capacidad de generar conocimiento. La combinación litio-uranio puede convertir
al Perú en centro energético regional, proveedor de materiales estratégicos y
nodo tecnológico sudamericano. Pero solo si el país pasa de exportador de roca
a productor de tecnología. Eso exige política de Estado que sobreviva a los
cambios de gobierno, integración real entre universidad e industria, y una ley
que convierta al Centro Nuclear de Huarangal en un verdadero polo
científico-industrial.
Hay decisiones que cambian una
gestión. Y hay decisiones que cambian el rumbo de un país. Estoy convencido de
que esta es una de ellas.
Porque, al final, el recurso
más valioso que tiene el Perú no está bajo tierra. Está en la inteligencia, la
creatividad y el talento de los peruanos. Si somos capaces de invertir en ellos
con la misma convicción con la que hablamos de litio y uranio —y de darles, por
fin, la ley que necesitan— habremos dado el paso más importante: dejar de ser
un país que exporta recursos para convertirnos en un país que exporta
conocimiento.


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