miércoles, 15 de abril de 2026

 Especialistas señalan que consumir frutas, granos integrales y productos andinos ayuda a reducir la inflamación y a prevenir diabetes, cáncer y enfermedades cardiovasculares.



Salud en
 Casa.- La inflamación crónica de bajo grado, silenciosa y persistente, se ha convertido en un factor clave en el desarrollo de enfermedades que afectan a millones de personas. Diversos estudios advierten que la dieta moderna, dominada por productos ultraprocesados, favorece este proceso y acumula riesgos con el tiempo.


La evidencia científica indica que lo que comemos no solo aporta nutrientes, sino que también regula funciones esenciales del organismo. Cuando la inflamación permanece activa durante largos periodos, aumenta el riesgo de obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer.


El consumo frecuente de productos con azúcares añadidos, grasas saturadas y alto contenido de sodio puede desencadenar este estado inflamatorio persistente. Este patrón alimentario, cada vez más común en las ciudades, deteriora la salud metabólica y favorece la aparición de enfermedades crónicas.


Las consecuencias ya se reflejan en las cifras sanitarias. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades no transmisibles causaron al menos 43 millones de muertes en 2021, equivalente al 75 % de los fallecimientos globales no vinculados a pandemias.


Las enfermedades cardiovasculares encabezan la lista, seguidas por el cáncer, las enfermedades respiratorias crónicas y la diabetes. Estos cuatro grupos concentran el 80 % de las muertes prematuras por enfermedades no transmisibles, lo que evidencia la estrecha relación entre estilo de vida, alimentación y salud.


El Perú reproduce esta tendencia. Las enfermedades no transmisibles generan el 58.5 % de la carga total de enfermedad y constituyen la principal causa de discapacidad y muerte prematura. Se estima que el 66 % de los fallecimientos están asociados a estas patologías y que hasta el 45 % podrían prevenirse.


Frente a este panorama, la alimentación antiinflamatoria surge como una herramienta preventiva de gran impacto. Frutas, verduras, granos integrales, pescado, frutos secos y aceite de oliva aportan compuestos antioxidantes que ayudan a mantener el equilibrio metabólico.


A estos alimentos se suman productos andinos de alto valor nutricional y propiedades bioactivas, como la maca, el yacón, el sacha inchi y el tarwi. Su consumo contribuye a fortalecer el sistema inmunológico y reducir factores de riesgo metabólico.


José Luis Guzmán, director de la Carrera de Nutrición y Dietética de la Universidad San Ignacio de Loyola, sostiene que integrar estos alimentos en regímenes dietéticos equilibrados no solo mejora la salud individual, sino que también revaloriza la biodiversidad y la identidad alimentaria del país.


Este enfoque —añade— refuerza la necesidad de formar profesionales capaces de comprender la relación entre alimentación, inflamación y enfermedades crónicas. La prevención exige especialistas con base científica y conocimiento del contexto nutricional local.


En esa línea, la USIL impulsa la iniciativa “Clínica para sanos”, orientada a cambiar el paradigma de atención: pasar del tratamiento de la enfermedad a la prevención y al bienestar integral.


La propuesta promueve la salud física, mental, social, espiritual y artística, en coherencia con el enfoque formativo del Modo USIL, orientado al desarrollo pleno de la persona.


Además, la Facultad de Ciencias de la Salud de la USIL enfatiza la promoción de estilos de vida saludables como eje de la formación profesional. Un estudio realizado en más de 600 estudiantes evidenció que quienes cursan Nutrición y Dietética presentan mejores indicadores de calidad de vida y hábitos alimentarios más saludables.


El compromiso con la promoción de alimentos nutritivos también se refleja en acciones públicas. En 2025, la universidad obtuvo un récord Guinness por la ensalada de tarwi más grande del mundo, destacando esta leguminosa andina como alternativa saludable y sostenible.


En un contexto donde tratar ya no es suficiente, la prevención resulta imprescindible. Comprender el impacto inflamatorio de la alimentación y promover hábitos saludables desde la formación profesional y la vida cotidiana es clave para reducir la carga de enfermedades crónicas y mejorar la salud colectiva.



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