Por: Fiorella Moretti, Marketing Manager de
Cuidado Personal en Kimberly-Clark Andino
Salud en Casa.- Cada 8 de marzo volvemos a preguntarnos qué significa, hoy, hablar de igualdad. Pensamos en derechos, en oportunidades y en las brechas que todavía persisten. Sin embargo, hay una experiencia cotidiana que sigue quedando fuera de esa conversación: la menstruación. No porque sea irrelevante, sino porque durante años hemos aprendido a vivirla en silencio, adaptándonos a un mundo que no siempre la considera.
Menstruar no es un
problema. Es parte de la vida. Lo complejo es todo lo que ocurre alrededor. Las
dudas que no se responden. Los espacios que no están preparados: baños
sin agua o sin papel, colegios donde no hay información clara, centros de
trabajo sin condiciones mínimas para gestionar el sangrado con tranquilidad.
La sensación de que hay que arreglárselas sola. Esa forma de vivir la
menstruación se aprende temprano y deja huella.
En el Perú, muchas
niñas y adolescentes crecen sin condiciones básicas para vivir su ciclo con
dignidad. Por ejemplo, solo el 7.9% de estudiantes cuenta con acceso suficiente
a productos menstruales dentro de los baños de sus escuelas, según un estudio
de Plan International. No se trata solo de números, sino de experiencias: niñas
que interrumpen sus clases, que improvisan soluciones o que viven su periodo
con preocupación y vergüenza, en espacios que no siempre las acompañan.
Cuando eso ocurre,
el mensaje se instala sin palabras. Menstruar es algo que se soporta. Algo que
incomoda. Algo que no se nombra. Ese aprendizaje acompaña a muchas mujeres
durante años y se traduce en pequeñas renuncias cotidianas que
parecen decisiones personales: faltar a la escuela o al trabajo, cancelar
planes a último momento, evitar salidas, viajes o reuniones largas pero
que responden a una falta colectiva.
Hablar de
menstruación en el marco del Día Internacional de la Mujer es hablar de
autonomía real. De la posibilidad de habitar todos los espacios sin sentir que
el cuerpo es un obstáculo. De contar con información clara, acceso y entornos
que acompañen. De dejar de pedirle a las mujeres que se adapten y empezar a
adaptar los espacios a la vida real.
El cambio no pasa
solo por hablar más del tema, sino por hacerlo de otra manera. Con empatía. Con
responsabilidad. Con la convicción de que normalizar la menstruación es parte
de avanzar hacia una sociedad más justa.
Este mes, quizás el
desafío sea mirar esas experiencias que todavía se viven en silencio. Reconocer
que menstruar no debería implicar detenerse ni limitarse. Y entender que cuando
una mujer puede vivir su ciclo con tranquilidad, gana algo más que comodidad:
gana la posibilidad de desmitificar estigmas juntas y seguir avanzando en un
camino que aún tiene mucho por recorrer.

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