lunes, 5 de mayo de 2014

 Por: José Vadillo                   
 
Diario Oficial El Peruano.-El Perú tiene una de las tasas más bajas de la región en donación de órganos: solo 3 por cada millón de habitantes al año. Con ello se hacen 130 trasplantes, pero la lista de espera por órganos es larga, solo se necesita cambiar la mentalidad. La muerte puede traer vida.


Daniela Mota nació dos veces. La primera, un 3 de octubre de hace 23 años; la segunda, el 7 de febrero del año pasado, cuando recibió, de un donante anónimo, un corazón. Su historia fue publicada hoy en el Diario Oficial El Peruano  y la compartimos con ustedes.

Llevaba un mes internada de emergencia en el Incor; su cuerpo había resistido ya dos paros cardíacos,uno de 40 minutos, tenía las piernas hinchadas y vivía por la benevolencia de los aparatos artificiales a los que estaba conectada. Esa noche su médico, el doctor Alarcón, llegó con una noticia que le sonó a canto gregoriano: "Ya llegó un corazón para ti, Daniela".

Mientras entraba al quirófano, su familia materna hacía una vigilia. Su padre, en cambio, había desaparecido del mapa cuando a Daniela le detectaron, a los 16 años de edad, la leucemia. "Yo entré a la sala del operación diciéndome que de cualquier forma ganaría: si moría, sería un descanso", cuenta Daniela. Inés Tenorio, la madre, vio cuando un médico y una enfermera traían en "un cofrecito bien envasadito, el corazón".

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A la medianoche del día 7 le retiraban su enfermo corazón y dos horas más tarde terminaban de ponerle el nuevo. Daniela despertó recién el día 9. Estaba entubada, drenaba la sangre acumulada tras la operación, pero se sentía feliz. Estaba viva. Empezó a hacer cosas que había olvidado realizar los últimos siete años, cuando empezó a pasar temporadas largas internada, primero en el Neoplásicas y luego en el Incor.

Ahora, Daniela ya no se limitaría a tomar solo 400 mililitros de agua al día y comer un puñado de alimentos por toda comida. Al mes del trasplante, cuando ya podía caminar por sí misma, comía y tomaba de todo. Lo único que la diferencia de otras jóvenes de su edad es que debe de tomar cuatro veces al día los inmunosupresores, unas pastillas que permiten que sus defensas estén siempre bajas y no se rechace al nuevo corazón; se hace un chequeo cada tres meses y siempre tratar de estar en lugares ventilados, lo que no le impide viajar en bus para ir a la UNI, donde estudia para ser ingeniera ambiental. 

"Mi nuevo corazón me ayudará a cumplir su sueño", dijo. Daniela, quien tiene enamorado y en algún momento de su vida piensa también ser madre, darle los nietos que su mamá se merece.

La sala de su casa se ha convertido en su dormitorio porque, tras el trasplante, debía de vivir en un ambiente ventilado. Daniela no sabe mucho sobre su donante, solo que era un niño de 14 años al que se le rompió una arteria en el cerebro y que ese día, gracias a la voluntad de sus padres, los órganos de su cuerpo permitieron salvar la vida a ocho personas.

"En realidad, cuando uno muere, no se lleva nada –reflexiona Daniela–. Uno puede hacer la diferencia y salvar la vida de hasta 10 personas. Yo pude vivir gracias a que unas personas tomaron conciencia y fueron generosas. El problema no es que las personas mueren por falta de aparatos o especialistas, sino por la falta de conciencia de donación. Es una pena que la gente se vaya por eso".

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Desde mediados del año pasado, Marielena Kipsutani (44) está en lista de espera. Espera un riñón. Ejecutiva, al fin y al cabo, lleva en un fólder la contabilidad de sus citas médicas y de los exámenes que se realizó en todas las especialidades. Parece que el agua purificada que toma le hace bien, cuenta, porque en sus análisis sale que su PH está mejor. Ella tiene un riñón poliquístico. Es un tema genético: sus hermanos también lo tienen; su padre vive con un riñón trasplantado.

Marielena se fatiga rápidamente y siente que hace todo a un ritmo más lento. "Hago la mitad de lo que hacía antes". Como forma parte de una empresa familiar, puede disponer mejor de su tiempo y hacerse sus chequeos y dializarse. A sus amigos y familiares les dice que la muerte puede traer vida. "Realmente si te das cuenta, no dejas nada. Yo, de verdad, el día que muera, si pudiera donar mi corazón o lo que tuviera, lo haré".

En cambio, la señora Cristina Pérez es la única de su familia que perdió el riñón por el lupus, que afecta al sistema inmunológico. También está desde 2013 en la lista de espera por el cuadro de insuficiencia renal terminal. Se ha jubilado por incapacidad definitiva y solo se mantiene en vida por la diálisis.

Cree que ayudaría mucho si, como en otras sociedades, en el Perú se da la luz verde al proyecto de ley sobre la "donación cruzada". "Si yo tengo sangre tipo O y tengo un hermano de sangre A pero que quiere donarme, y una familia tiene un caso inverso, podríamos hacer una donación cruzada. Con eso se podría reducir en algo los 12,000 peruanos que se dializan y son un costo alto para la seguridad social".

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A diferencia de lo que sucede en la poesía o en las películas, en la vida real la muerte es una sola: la muerte encefálica. "Desde el punto de vista científico, ético y religioso, la muerte es el cese irreversible de todas las funciones del cerebro. Ya no les llega sangre por alguna razón. No hay tratamientos que los resuciten", define Carlos Carvallo Ñiquén, gerente de trasplantes de Essalud.

A alguien dado por muerto hoy en las unidades de cuidados críticos o intensivos se le puede mantener latiendo el corazón por 24 o 48 horas más. Durante ese período se pueden preservar sus órganos y trasplantarlos a otras personas. Los equipos y el personal están capacitados para hacerlo, pero en la práctica el Perú solo tiene tres donantes de órganos por cada millón de habitantes al año, una tasa que no ha cambiado en los últimos tres años. Con ello, se hacen unos 130 trasplantes anuales. En España, con una tasa de 35 donantes por millón de habitantes, hacen 1,600 trasplantes cada año.

Carvallo sabe la razón: la desconfianza de la población por desconocimiento a lo que es la muerte, la donación y el trasplante. Se duda de que los médicos hagan todo lo posible para salvarle la vida a una persona. Se confunde la muerte cerebral con el coma profundo, como lo ocurrido con el corredor de autos Michael Schumacher.

Si bien uno en el DNI puede decir "donación de órganos: sí". No basta. En el Perú la última palabra es de la familia: dependerá de ellos si autoriza a cumplir el deseo del occiso. Y ahí viene la desconfianza, aunque se les explique que hay una lista de espera con pacientes de los hospitales del Essalud, del Ministerio de Salud, de las Fuerzas Armadas, de la Policía e, inclusive, de algunas clínicas privadas.

Uno de los pretextos es el tema religioso, aunque no es determinante porque todas las religiones están de acuerdo con las donaciones, mas no con la transfusión de sangre, que es distinto [en el proceso del trasplante se reemplaza la sangre por un líquido estéril que está a menos 4 grados centígrados].

Lo que falta es la comunicación. Nadie quiere hablar de la muerte. Es un tema desagradable. "Pero tenemos que aceptar que la muerte forma parte de la vida. Tenemos que estar convencidos de qué queremos que hagan con nuestro cuerpo una vez que fallecemos. Esa decisión la debemos respetar todos los familiares y los profesionales de la salud", dice Carvallo.

Para el especialista no basta con poner sí a la donación de órganos en el DNI, sino hablar con los familiares o suscribir un acta de donación ante la Organización Nacional de Donación y Trasplantes (ONDT): un pequeño carné en que uno está registrado como donante. Y con eso, la muerte puede dar camino a la vida.

1 comentarios:

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