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domingo, 12 de marzo de 2017

Dos noches en el frío piso del Hospital Neoplásicas

Enfermos de cáncer o sus familiares pernoctan al pie de la capilla del INEN cuando no hallan espacio en los albergues cercanos. La mayoría viene de provincias y no cuenta con recursos económicos. Este mes, un grupo de voluntarias abrirá las puertas de un local para estas personas.

Diario La República.- Vienen de todos los rincones del país con la esperanza de que el único instituto especializado en enfermedades neoplásicas de Lima alivie el mal que comienza a quitarles parte de su vida. Muchos tienen más de medio año en la capital; y en todos los casos llegaron con la ayuda solidaria de sus familiares y amigos que multiplicaron actividades benéficas para que viajen a la capital en busca de cumplir su sueño: curar el cáncer que padecen o acompañar al ser querido que lo sufre.

Sin embargo, el dinero reunido siempre es poco. La plata que traen o que les envían se va en medicinas y alimentos de los primeros días, pues el Sistema Integral de Salud (SIS) no cubre todas sus necesidades.
Es el drama de los pacientes con cáncer que no tienen familia en Lima ni recursos para sostenerse en la ciudad.
Ellos necesitan alimentos acorde con sus necesidades, pero no los pueden costear. Tampoco pueden alquilar alojamientos porque no les alcanza el presupuesto diario.
Entonces optan por los albergues próximos al Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN), aunque no siempre son acogidos porque el espacio es limitado.
¿Qué les queda? Al no poder regresar a casa ni viajar cada vez que necesitan un procedimiento, un control, sesiones de quimioterapia o nuevos exámenes, optan por quedarse en Lima.
Una salida temporal para algunos es acudir a los parientes o amigos que viven en la capital, pero este remedio dura poco tiempo. Entonces se ven obligados a pernoctar en el mismo hospital, en el suelo o sobre cartones, al pie de la capilla, cerca de la puerta de Emergencia.

Tres casos, una oración

Uno de estos pacientes con cáncer es Carmen Espinoza (35), quien llegó en octubre pasado desde su natal Sullana, en Piura. Sin otra opción, dejó a su única hija de 13 años de edad al cuidado de su hermana. Abandonó su pequeño negocio de aves de corral y dejó al cuidado de la casa a su esposo, quien desde entonces es el sostén de la familia.
Cuando le diagnosticaron cáncer al seno izquierdo, Carmen sintió que su mundo y su vida se detenían en el INEN. "Fue la peor noticia que he recibido en la vida".
Sin embargo, pasados los meses, ella ha aceptado esa realidad e intenta sacar fuerzas de donde no las hay para librar la dura batalla que le ha tocado afrontar, y se ha planteado, según nos comenta al vernos sentados dos días cerca de ella en la puerta de Emergencias, dos retos para salvar su vida: el primero, vencer el cáncer con la fuerza de su fe en Dios y lo segundo, no dejarse amilanar por la enfermedad porque desea ver crecer a su única hija.
"Ya voy por tres quimios. Me faltan otras 13", comenta optimista.
Con carraspera y tos seca, Alejandro Flores Cárdenas se encuentra echado sobre un colchón en las afueras del pabellón de Tratamientos que se encuentra abierto todo el día pero que a esta hora de la noche (11:30 p.m.) está cerrado para que nadie se atreva a dormir en el interior.
Relata que su esposa Hermelinda Sánchez Inga (52) se halla grave, con un cáncer terminal a los ovarios que le imposibilita moverse. Los médicos le piden que mejor se la lleve a su tierra, Acoria, en Huancavelica, para que le den una mejor calidad de vida, lo cual es una sutil forma de decirle que la retire y termine sus días en su casa.
Alejandro Flores siente rabia cada vez que recuerda esa frase, pues apenas cuenta con 70 soles en los bolsillos y sabe que no tendrá ingresos económicos al llegar a su tierra porque el único oficio que tenía en Huancavelica, el de estibador, lo abandonó cuando trajo a Lima a su Hermelinda. Su hijo Alejandro, que se encuentra en la selva, se ha olvidado de ellos hace varios años.
No menos dramático es el caso de Pedro Ramos Sosa, quien hace tres meses trajo de urgencia, desde Catacaos, Piura, al mayor de sus hijos varones, Cristhian (20), debido a que presentaba un cambio repentino en el color de su piel. En un establecimiento de salud de su localidad le diagnosticaron principios de leucemia.
Ambos se dedicaban al cultivo y cosecha de uvas para una empresa chilena que nunca les dio un seguro de salud. Ahora él y su hijo sobreviven de la caridad de la familia y los amigos que les envían dinero ocasionalmente.
Por ello no tiene más alternativa que pernoctar todas las noches al pie de la capilla del INEN, rogando a Dios que su hijo se recupere pronto.
Aunque sabe que lo que tiene Cristhian es una enfermedad grave.
"Aquí en la madrugada, alrededor de las 4, hace un frío terrible. Ni te imaginas cómo es en invierno. Algunas personas que se encuentran delicadas se quejan. Y, para colmo, los vigilantes nos piden que nos levantemos y guardemos nuestras frazadas porque damos mal aspecto", afirma apenado Pedro.

Ayuda desinteresada

Pero en medio de este drama surgen algunas personas de buen corazón. Una de ellas es el padre Aldo Cárdenas, capellán del INEN, quien desde hace 11 años brinda sus casas para que se conviertan en albergues.
Esos tres inmuebles, ubicados alrededor del INEN, son conocidos como casas hogar para pacientes con cáncer 'Jesús', 'María' y 'José'.
Aquí los pacientes reciben los tres servicios básicos: comida, habitación y medicinas.
"Aquí le damos hospedaje, alimentación rica en menestras y verduras, calidad de vida y buen trato al paciente. El acompañante, por su lado, nos ayuda únicamente con la limpieza de la casa", comenta una de las responsables de los albergues del padre Aldo.
Pero también existen personas generosas que se han organizado al ver a familiares y a sus enfermos dormir desamparados al pie de la capilla.
Estas personas les alcanzan alimentos y bebidas en las noches o madrugadas.
Les dan, por ejemplo, ponches, jugos, mazamorra, panes y galletas, que llevan en ollas, baldes y paneras.
Uno de estos grupos es 'Agüita de Amor', liderado por Maruja García, quien hace dos años juntó a 4 de sus amigas y emprendió esta cruzada de amor y caridad.
"Lo que nosotras damos es demasiado pequeño para lo que ellos en realidad necesitan, que es un albergue y apoyo total del Estado", señala Maruja.
En efecto, el dolor y las necesidades son inmensas en el interior y fuera del Hospital Neoplásicas. Hagamos algo.
Claves
  • Cada habitación de los albergues cuenta con 3 a 4 catres de doble piso. Así, en cada habitación se alberga a 6 u 8 personas, entre pacientes y familiares.
  • Los albergues no tienen personal de limpieza, por lo que un requisito para ser hospedado es la participación del familiar en las actividades de higiene y cuidado del local. Allí, las personas comparten sus costumbres, sus lenguas y sus historias.

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